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Hace dos años, en el caso de pederastia y pornografía infantil,
el mismo ministro dijo que a la Corte no le concernía que miles de
criaturas fueran explotadas sexualmente. Es claro que la vida y la
muerte de la infancia mexicana no tiene cabida en la conciencia de
algunos jueces. No debe sorprendernos, pero sí indignarnos.
Cuestionar el trabajo de estos jueces e incluso su pertenencia a la
Corte es un derecho de la sociedad, un derecho al que jamás debemos
abdicar.
La primera noche, mientras una pequeña ya ciega por el fuego
yacía en coma, el gobernador Eduardo Bours dormía plácidamente en
casa; argumentó luego que “el accidente” era un problema federal.
Mientras tres pequeñitos lloraban de dolor antes de fenecer frente a
la desesperación de sus madres y padres, los dueños de la guardería
hablaban con sus abogados; la Procuraduría General de la República
les dio un mes para huir y ampararse de una orden de arresto. Al
tiempo que 22 bebés agonizaban, empleados estatales sacaban reportes
falseados de revisión de la guardería.
Se solicitó a la Corte aplicar la facultad del artículo 97
constitucional como medio de control para preservar el estado de
derecho, en juego por la ineptitud y corrupción de las autoridades
implicadas.
Todo México deberá poner la mirada en la Suprema Corte; de lograr
seis votos a favor se daría el mensaje al Estado: administrar los
programas públicos implica responsabilizarse de sus consecuencias;
las niñas y los niños mexicanos son sujetos de derecho, jamás
objetos para ser embodegados.
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